Notas > TEMA DEL MES > VIVO CON UN ADOLESCENTE EN CASA
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La adolescencia es un momento difícil de la vida, pero no sólo para la persona que la está atravesando, sino para la familia que tiene que lidiar con los efectos que se producen en las relaciones familiares Se ha hablado a menudo de los sentimientos del adolescente, de sus inseguridades, de sus conflictos. La pregunta principal que él se hace es: ¿Quién soy? Su cuerpo va cambiando y a veces no cambia en sintonía con su mente. Por ejemplo: cuerpo adulto y actitudes infantiles.
 

Están deseosos de independencia, y un recurso para concretarla es la pelea y la descalificación de los padres. De esta manera el despegue les resulta menos doloroso. Si el distanciamiento de la familia los ayuda a afirmar su identidad, el alejamiento de su protección los confunde. En un punto, anhelan la protección familiar aunque les cuesta reconocerlo. Cuestionan y, en algunas oportunidades, consiguen desestabilizar a sus referentes. Recuerdo a una paciente hablando de su hija de dieciséis años: “No me considera, ante cualquier comentario me dice: ¡Que absurda que sos mamá! Llega un momento en el que me desanimo, hasta me hace trastabillar y me encuentro dudando sobre mis ideas. Siento que no tengo autoridad como madre, que las únicas opiniones válidas son las de Agustina, su mejor amiga y las de su grupo de pares. Estoy muy inquieta con sus salidas, se me hace difícil controlar los lugares a los que van. Me asustan las previas y, aunque no estoy de acuerdo, no puedo prohibírselas porque ella quedaría fuera de su grupo que la presiona. En una palabra estoy asustada, no duermo hasta que no llega y encima mi marido dice que soy una exagerada, que todas las chicas hacen lo mismo y que quiero criarla de la misma forma que mis padres lo hicieron conmigo”.
La vida de un niño se desarrolla principalmente dentro de la familia. En la adolescencia, el círculo social se amplía, se incluyen nuevas amistades y también adultos que a menudo son referentes importantes: profesores, tíos, primos mayores. En esta edad, el individuo vive más unido a un grupo que en ninguna otra etapa; la vida social alcanza su máxima intensidad entre los pares. La identificación con los amigos es la piedra angular que logra la identidad personal. Así se descubren separados e independientes de los padres, autónomos.
Es el tiempo de la iniciación de las relaciones amorosas con la anuencia o la oposición de los padres; las transgresiones están a la orden del día. Recuerdo varios ejemplos: una pareja de padres desesperados porque su hija de diecisiete estaba en pleno romance con un jugador de rugby de treinta y tres; una mamá alarmada porque su hija estaba enamoradísima del profesor de zumba que no pertenecía a su círculo social ni intelectual (quería irse a Bahía a vivir con él). Otro caso fue el de un muchacho de una familia religiosa judía que entró en relaciones con una jovencita católica. Ninguna de las dos familias aceptaba este amor. Cuanto más se oponían, ellos más se empecinaban en estar juntos.
Armé talleres para padres de hijos adolescentes y la primera consigna que les di fue que por un rato se pusieran en los zapatos de los adolescentes que habían sido, que se identificaran con ese rol y, en pequeños grupos, que compartieran las dificultades que se les presentaban con sus padres. Hubo un factor común: ninguno se sentía comprendido. Los conflictos principales que mostraron fueron: confusión, ganas de salir adelante por sí mismos y atravesar el miedo a los cambios, pertenecer a dos grupos y no saber cómo dividirse para cumplir con ambos, y la alegría de sentirse aceptados por su grupo de pares. Cuanta más independencia pide el adolescente, mayor ansiedad genera en los padres que aumentan el control. Ustedes se preguntarán cómo ayudar en esta etapa a sus hijos. Para lograr un equilibrio inteligente que les permita hacerse responsables, se necesita: • Delicadeza y confianza.
• Saber que no es una etapa de tranquilidad el proceso de darles cada vez mayor independencia, sino que es un tiempo en el que la comunicación con ellos es fundamental.
• Empatizar con sus inseguridades y ayudarlos para que logren confianza en sí mismos.
• Poner límites, pero soltar; tener autoridad y cariño a la vez.

Surgirán discusiones que deberán atravesar, y una manera de serenarnos será traer al presente nuestra propia adolescencia. Dejar crecer no es para nada fácil.

Lic. Alicia Bittón
Psicóloga Clínica
Terapeuta familiar y de pareja
alicia.bitton10@gmail.com



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